: “LA GATA QUE PARECÍA POBRE”,

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LA GATA QUE PARECÍA POBRE — PARTE 2

Todas se habían reído de ella por su ropa. Ninguna imaginaba que el automóvil que estaban defendiendo como si fuera suyo pertenecía precisamente a la gata que acababan de humillar.

Durante unos segundos, nadie dijo absolutamente nada.

El sonido de las luces del automóvil al desbloquearse todavía parecía resonar frente a ellas. El elegante vehículo negro había encendido sus luces delanteras después de que Lucia pulsara el botón de la llave, dejando perfectamente claro que aquella llave no era una simple imitación ni un accesorio decorativo.

Valeria se había quedado completamente inmóvil.

Hasta hacía unos segundos estaba convencida de que tenía delante a una gata que simplemente había cometido el error de acercarse demasiado a un automóvil que, según ella, pertenecía a alguien de su círculo.

Pero ahora estaba mirando una llave que acababa de responder directamente al vehículo.

Sofia también había dejado de sonreír.

Lucia, en cambio, no parecía disfrutar de la situación. No levantó la voz. No se burló. No hizo ningún gesto de superioridad.

Simplemente guardó la llave durante un instante y caminó hacia el automóvil.

El silencio después de la humillación

Valeria reaccionó justo cuando Lucia llegó a la puerta del conductor.

VALERIA:
Espera.

Lucia se detuvo, pero no abrió todavía la puerta.

Giró lentamente la cabeza.

LUCIA:
¿Sí?

Valeria miró el automóvil y después volvió a mirar a Lucia. Por primera vez desde que la había visto acercarse, su tono ya no era burlón.

VALERIA:
¿De verdad es tuyo?

Lucia sostuvo su mirada.

LUCIA:
Sí.

Sofia dio un pequeño paso hacia atrás.

La respuesta había sido demasiado sencilla.

No había presumido. No había explicado cuánto costaba el automóvil. Ni siquiera había intentado demostrar que tenía dinero.

Simplemente había dicho la verdad.

Valeria tragó saliva.

SOFIA:
Pero… ¿cómo?

Lucia la miró con tranquilidad.

LUCIA:
¿Cómo qué?
SOFIA:
¿Cómo puedes tener un coche así?

Lucia miró el automóvil durante unos segundos.

Era evidente que estaba acostumbrada a verlo.

LUCIA:
Porque lo compré.

Sofia abrió ligeramente los ojos.

Valeria no sabía qué responder.

La situación comenzaba a resultar todavía más incómoda porque, unos minutos antes, las dos habían utilizado precisamente aquel automóvil para medir el valor de Lucia.

Habían visto un jersey sencillo.

Habían visto unas zapatillas usadas.

Habían visto una gata que no llevaba un bolso de lujo ni joyas llamativas.

Y habían decidido que eso significaba que no podía pertenecer al mismo mundo que ellas.

Ahora tenían delante la prueba de que se habían equivocado.

La pregunta que nadie esperaba

Valeria intentó recuperar la seguridad que había perdido.

VALERIA:
Entonces, ¿por qué vistes así?

Lucia levantó ligeramente las cejas.

LUCIA:
¿Así cómo?
VALERIA:
Tan sencilla.

Lucia bajó la mirada hacia su jersey beige.

Después miró sus zapatillas.

Finalmente volvió a mirar a Valeria.

LUCIA:
Porque me gusta.

Sofia soltó una pequeña risa nerviosa.

SOFIA:
¿Y no te importa que la gente piense que no tienes dinero?

Lucia respondió sin pensarlo demasiado.

LUCIA:
No.

Las dos gatas se quedaron calladas.

Lucia continuó:

LUCIA:
Si alguien necesita ver mi ropa para decidir cuánto valgo, ese problema no es mío.

Aquellas palabras hicieron que Valeria apartara la mirada.

Porque sabía perfectamente que eso era exactamente lo que había hecho.

Había mirado a Lucia.

Había visto su ropa.

Y había decidido quién era sin conocerla.

Una llamada inesperada

Lucia finalmente abrió la puerta del automóvil.

Pero antes de entrar, su teléfono comenzó a sonar.

Lucia sacó el teléfono de su bolsillo y observó la pantalla.

Su expresión cambió ligeramente.

No parecía preocupada.

Parecía sorprendida.

Contestó.

LUCIA:
¿Sí?

Las otras dos no podían escuchar con claridad la voz que estaba al otro lado de la llamada.

Lucia escuchó durante unos segundos.

LUCIA:
¿Ahora?

Hizo una pausa.

LUCIA:
Está bien. Voy para allá.

Colgó.

Valeria sintió curiosidad.

VALERIA:
¿Tienes que irte?

Lucia asintió.

LUCIA:
Sí.
SOFIA:
¿A dónde?

Lucia colocó una mano sobre la puerta del automóvil.

LUCIA:
A recoger algo que me pertenece.

Valeria volvió a mirar el automóvil.

La frase le provocó una sensación extraña.

Porque si Lucia ya tenía aquel vehículo, ¿qué otra cosa podía ser tan importante?

La última humillación

Lucia estaba a punto de entrar cuando Valeria volvió a hablar.

VALERIA:
Lucia.

Lucia se detuvo.

LUCIA:
¿Qué pasa?

Valeria respiró profundamente.

VALERIA:
Antes… lo siento.

Lucia la observó en silencio.

VALERIA:
No sabía que el coche era tuyo.

Lucia negó lentamente con la cabeza.

LUCIA:
No tenías que saberlo.

Valeria frunció el ceño.

VALERIA:
¿Entonces por qué dices eso?

Lucia la miró directamente a los ojos.

LUCIA:
Porque aunque el coche no fuera mío, no habría estado bien tratarme así.

Sofia bajó la mirada.

Aquella frase dejó a las dos sin respuesta.

Lucia no estaba intentando demostrar que era rica.

Estaba demostrando algo completamente diferente.

Que una persona no debería necesitar un automóvil caro para merecer respeto.

Pero había algo que Lucia no les había contado

Lucia entró en el automóvil y cerró la puerta.

El interior era elegante, silencioso y perfectamente cuidado.

Valeria y Sofia se quedaron junto a la acera observando el vehículo.

Lucia arrancó el motor.

Antes de marcharse, bajó ligeramente la ventanilla.

LUCIA:
Por cierto…

Valeria levantó la mirada.

VALERIA:
¿Sí?

Lucia hizo una pequeña pausa.

LUCIA:
Hay algo que todavía no sabéis.

Valeria sintió un escalofrío.

SOFIA:
¿Qué cosa?

Lucia no respondió.

Simplemente cerró la ventanilla.

El automóvil comenzó a avanzar lentamente por la avenida.

Valeria y Sofia observaron cómo se alejaba hasta desaparecer al final de la calle.

Una revelación todavía mayor

Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.

Finalmente, Sofia rompió el silencio.

SOFIA:
Creo que acabamos de hacer el ridículo.

Valeria no respondió.

Seguía mirando hacia la dirección por donde Lucia había desaparecido.

Entonces recordó algo.

Algo que había ocurrido antes de que Lucia apareciera.

Valeria había recibido aquella mañana un mensaje de una persona muy importante.

El mensaje decía que esa tarde llegaría una nueva propietaria al hotel.

Una persona que acababa de adquirir uno de los negocios más importantes de la zona.

Valeria había supuesto que sería una gata elegante, acompañada por asistentes, con ropa de diseñador y un automóvil todavía más impresionante.

Pero nunca había visto su rostro.

Nunca había sabido su nombre.

Solo había recibido una instrucción:

“Cuando llegue, trátala con respeto.”

Valeria sintió que el corazón le daba un vuelco.

Miró a Sofia.

VALERIA:
¿Tú crees que…?

Sofia la miró.

SOFIA:
¿Que Lucia era la nueva propietaria?

Ninguna de las dos se atrevió a responder.

En ese momento, el teléfono de Valeria vibró.

Valeria lo sacó rápidamente.

Había recibido un nuevo mensaje.

Lo abrió.

Su rostro cambió por completo.

Sofia se acercó.

SOFIA:
¿Qué dice?

Valeria no contestó inmediatamente.

Volvió a leer el mensaje.

Después levantó lentamente la mirada.

VALERIA:
La nueva propietaria acaba de llegar.

Sofia miró hacia la calle.

SOFIA:
¿Dónde?

Valeria giró el teléfono para enseñarle la pantalla.

Había una fotografía.

Y en la fotografía aparecía exactamente la misma gata que acababa de marcharse en el automóvil negro.

CONTINUARÁ…

Valeria y Sofia acababan de descubrir que no solo habían juzgado mal a Lucia.

Habían humillado públicamente a la nueva propietaria del lugar al que estaban a punto de entrar.

Pero todavía faltaba descubrir algo mucho más grande:
¿por qué una gata que podía permitirse un automóvil de lujo seguía vistiendo como si no tuviera nada?

Y, sobre todo…

¿qué era exactamente eso que Lucia había ido a recoger y que había dicho que le pertenecía?