La noble que humilló a una vendedora del mercado
El mercado quedó completamente en silencio.
El guardia real permanecía arrodillado frente a Kang Tae-Jun, mientras los comerciantes observaban sin comprender lo que estaba ocurriendo. Madame Baek So-Yeon sintió que su seguridad comenzaba a desmoronarse.
Hacía apenas unos minutos había amenazado al joven por defender a una humilde vendedora. Ahora, un guardia de la residencia real lo trataba con una reverencia que solo se ofrecía a personas de enorme importancia.
—Levántate, soldado —ordenó Tae-Jun con serenidad—. Dime qué sucede.
El guardia se puso de pie y bajó la voz.
—Mi señor, el consejo real lo espera. El rey ha solicitado su presencia inmediatamente.
Madame Baek abrió los ojos.
—¿El rey? —preguntó, intentando disimular su nerviosismo—. ¿Por qué un hombre como tú tendría que presentarse ante el rey?
Tae-Jun se volvió lentamente hacia ella.
—Porque hay asuntos del reino que requieren mi atención. Aunque, por lo que veo, aquí también hay asuntos que merecen ser atendidos.
Después miró las cestas de verduras de Han Yu-Ri.
—¿Alguien puede explicarme por qué una mujer trabajadora tiene que soportar semejante humillación para ganarse el sustento?
Nadie se atrevió a responder.
La identidad que cambió el mercado
El guardia se inclinó de nuevo y pronunció las palabras que hicieron palidecer a Madame Baek.
—Su Alteza, el príncipe heredero, el consejo no puede esperar más.
Un murmullo recorrió el mercado como una ráfaga de viento.
Los comerciantes se inclinaron apresuradamente. Algunos cayeron de rodillas. Otros bajaron la cabeza, aterrorizados por haber permanecido de pie frente al príncipe sin reconocerlo.
Han Yu-Ri se quedó inmóvil detrás de su puesto. Miró a Tae-Jun, después al guardia y finalmente a la mujer que tanto la había humillado.
El hombre que había defendido sus verduras era el heredero del trono.
Madame Baek retrocedió un paso.
—¡Alteza! Yo… no sabía quién era usted.
Tae-Jun la observó sin levantar la voz.
—¿Y si hubiera sido un hombre común? ¿Si hubiera sido un comerciante, un campesino o un sirviente? ¿Habría estado bien humillar a esta mujer?
Madame Baek apretó los labios.
—No fue mi intención ofender a nadie. Hubo una confusión.
Han Yu-Ri bajó la mirada. Había escuchado excusas semejantes demasiadas veces.
La aristócrata señaló a la vendedora con una sonrisa forzada.
—Esta mujer seguramente también tiene parte de la culpa. Los comerciantes de este mercado suelen ser insolentes.
Tae-Jun dio un paso hacia ella.
—Acabas de recibir una oportunidad para reconocer tu error y prefieres inventar otro.
La sonrisa de Madame Baek desapareció.
La vendedora que no quiso vengarse
Tae-Jun se acercó a Han Yu-Ri y examinó las verduras que habían quedado desordenadas. Algunas cestas estaban volcadas y varios rábanos habían rodado hasta el camino.
—Yu-Ri, ¿te ha hecho daño?
Ella negó con la cabeza.
—No, Alteza. Estoy bien.
Él miró las verduras esparcidas por el suelo.
—¿Y esto? ¿Quién va a pagar por lo que se ha estropeado?
Han Yu-Ri se apresuró a recoger una cesta.
—No hace falta. Puedo recogerlo todo. Solo quiero seguir trabajando.
El príncipe la observó con una expresión distinta. No había arrogancia en su respuesta, ni deseo de aprovechar la situación para conseguir dinero o reconocimiento.
Solo quería recuperar su pequeño puesto.
—No deberías tener que soportar una injusticia para poder trabajar en paz.
Yu-Ri levantó la mirada.
—Alteza, si cada persona importante tuviera que castigar a quien me trata mal, usted no tendría tiempo para gobernar. Yo solo quiero que me permitan vivir de mi trabajo.
Las palabras sorprendieron a Tae-Jun.
Madame Baek escuchó la conversación y sintió una punzada de vergüenza. La mujer a la que había llamado insignificante estaba demostrando más dignidad que ella.
El príncipe hizo una señal a uno de sus asistentes.
—Que se repongan las verduras dañadas y que se pague el trabajo perdido. Pero nadie debe obligar a esta mujer a aceptar nada que no quiera.
Después volvió a mirar a Madame Baek.
—Y tú vas a disculparte con ella. Sin excusas.
La disculpa delante de todos
Madame Baek sintió que decenas de miradas se clavaban en su espalda.
Durante años había utilizado el apellido de su familia para conseguir lo que quería. Los comerciantes bajaban la cabeza cuando pasaba. Los sirvientes obedecían antes de que terminara una orden. Nadie se atrevía a contradecirla.
Pero ahora no podía escapar de las consecuencias de sus propias palabras.
Se acercó a Han Yu-Ri con movimientos rígidos.
—Lamento lo ocurrido —dijo sin mirarla directamente.
El príncipe no se movió.
—Mírala cuando le hables.
Madame Baek apretó las manos, conteniendo su rabia, y levantó la cabeza.
—Te humillé delante de todos. No tenía derecho a hacerlo. Te pido disculpas.
Han Yu-Ri la observó en silencio.
Una parte de ella deseaba responder con la misma crueldad que había recibido. Otra parte sabía que no necesitaba convertirse en alguien como Madame Baek para defender su dignidad.
—Acepto tus disculpas —respondió finalmente—. Pero recuerda esto: mi ropa no determina mi valor, y tu riqueza no te da derecho a pisotear a nadie.
Varios comerciantes asintieron discretamente.
Madame Baek bajó la mirada, incapaz de responder.
Por primera vez en muchos años, alguien la había enfrentado sin pedirle permiso para tener dignidad.
Una invitación inesperada
El príncipe heredero estaba a punto de marcharse cuando Han Yu-Ri lo llamó tímidamente.
—Alteza, espere un momento.
Tae-Jun se volvió.
La joven buscó entre sus pertenencias y sacó un pequeño paquete envuelto en tela. Dentro había dos bollos de arroz que había preparado antes de abrir su puesto.
—No tengo nada elegante que ofrecerle. Pero todavía no ha desayunado, ¿verdad?
El guardia real abrió los ojos, sorprendido por la sencillez de aquella oferta.
El príncipe miró el paquete y después a la joven.
—¿Me estás ofreciendo tu desayuno?
—Sí. No es mucho, pero está recién hecho.
Tae-Jun aceptó el paquete con una sonrisa sincera.
—Entonces lo recibiré como un regalo de una persona que no ha olvidado cómo tratar a los demás.
Madame Baek contempló la escena desde unos pasos de distancia. El príncipe había rechazado la arrogancia de una mujer rica y aceptado con gratitud el sencillo desayuno de una vendedora.
Y lo más sorprendente era que Han Yu-Ri no parecía interesada en obtener nada a cambio.
Cuando Tae-Jun se dispuso a partir, se inclinó ligeramente ante ella.
Los comerciantes contuvieron la respiración.
Un príncipe heredero acababa de mostrar respeto a una joven que vendía verduras en el mercado.
La orden que llegó desde el palacio
Justo cuando la carreta de Madame Baek comenzaba a alejarse, otro mensajero real apareció a toda prisa. Llevaba un documento sellado y parecía haber recorrido un largo camino.
Se arrodilló ante Tae-Jun.
—Alteza, traigo una orden urgente del rey.
El príncipe tomó el documento y rompió el sello.
Su expresión cambió mientras leía.
El mensaje ordenaba investigar a varias familias nobles acusadas de apropiarse de tierras pertenecientes a los campesinos. Entre los nombres aparecía el de la familia Baek.
Madame Baek, que todavía no había subido completamente a su carreta, escuchó su apellido.
—¡Eso debe ser un error! Mi familia siempre ha servido al reino.
Tae-Jun dobló el documento.
—Si es un error, la investigación lo demostrará. Si no lo es, tendrás que responder por ello.
La aristócrata miró al príncipe con auténtico miedo.
Por primera vez comprendió que el encuentro en el mercado podía ser mucho más que una humillación pública.
Quizá la verdadera amenaza para su familia no era haber ofendido a una vendedora.
Quizá aquella joven estaba relacionada con algo que la nobleza llevaba años intentando ocultar.
El príncipe guardó el documento y volvió la mirada hacia Han Yu-Ri.
—Yu-Ri, necesito preguntarte algo sobre tu familia.
La joven se quedó inmóvil.
—¿Mi familia, Alteza? Mi padre murió hace muchos años. Mi madre nunca quiso hablar de su pasado.
Tae-Jun miró el pequeño colgante que la joven llevaba escondido bajo el cuello de su hanbok.
Su rostro perdió el color.
Era un símbolo que había visto una sola vez, en un documento secreto conservado en el palacio.
El príncipe se acercó lentamente.
—¿Quién te entregó ese colgante?
Han Yu-Ri lo sujetó con la mano, desconcertada.
—Mi madre. Antes de morir, me dijo que nunca debía enseñárselo a nadie.
El príncipe miró al guardia real y ordenó cerrar las entradas del mercado.
—Que nadie abandone este lugar hasta que averigüemos de dónde viene ese símbolo.
Yu-Ri retrocedió, asustada.
—Alteza… ¿qué está pasando?
Tae-Jun la miró con una seriedad que ella nunca había visto.
—Ese colgante pertenece a una familia que el reino lleva quince años buscando.
La joven sintió que el mundo se detenía.
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, el príncipe añadió en voz baja:
—Y si estoy en lo correcto, la mujer que todos han tratado como una simple vendedora podría tener derecho a reclamar algo mucho más importante que este mercado.
Han Yu-Ri apretó el colgante contra su pecho. De pronto, los silencios de su madre, las advertencias de su infancia y aquella pequeña pieza de jade comenzaron a tener un significado aterrador.
Madame Baek observó desde su carreta, comprendiendo que la joven a la que había humillado podía guardar un secreto capaz de cambiar el destino de las familias nobles.
Y el príncipe heredero acababa de reconocer el símbolo que podía revelar una verdad prohibida.
