“La obligaron a arrodillarse ante el hombre que asesinó a su padre — Parte 2”,

“La obligaron a arrodillarse ante el hombre que asesinó a su padre — Parte 2”,

DRAMA HISTÓRICO COREANO

La obligaron a arrodillarse ante el hombre que asesinó a su padre

Parte 3: La orden que nadie debía descubrir

El general Baek Do-Hyun seguía arrodillado frente a Han So-Rin. La misma mujer a la que había obligado a limpiar sus botas delante de sus invitados sostenía ahora una carta capaz de destruir todo lo que él había construido.

La joven contempló el sobre envejecido. Durante veinte años había imaginado aquel momento. Había imaginado al asesino de su padre suplicando, temblando y buscando una salida.

Pero nunca imaginó que lo vería arrodillado ante ella antes siquiera de leer la carta.

—Levántate —ordenó.

El general no se movió.

—¡He dicho que te levantes!

Baek Do-Hyun obedeció lentamente. Su orgullo seguía intacto, pero sus ojos revelaban un miedo que So-Rin jamás había visto en el rostro de aquel hombre.

—No entiendes lo que tienes en las manos —dijo él—. Esa carta no es una simple prueba de un asesinato. Es una sentencia de muerte para cualquiera que conozca su contenido.

—Mi padre murió sin poder defenderse. Yo crecí escondiendo mi apellido, trabajando como sirvienta y soportando tus insultos. ¿Crees que todavía puedes asustarme?

El general bajó la mirada.

—Tu padre era el hombre más leal que conocí.

So-Rin sintió que los dedos se le helaban.

—¿Y aun así lo mataste?

—No sabes cómo ocurrió.

—Entonces habla.

El general miró hacia la puerta del despacho. Después se acercó a las lámparas y comprobó que ninguna persona estuviera escuchando desde el corredor.

—Hace veinte años, tu padre era el comandante encargado de proteger el sello militar del reino. Descubrió que alguien estaba utilizando órdenes falsas para mover tropas y apropiarse de las tierras de familias leales a la corona.

—¿Quién?

—El ministro de Defensa, Lord Min Seok-Won.

So-Rin había escuchado aquel nombre desde niña. Min Seok-Won era uno de los hombres más poderosos del reino, consejero del rey y responsable de supervisar a los generales. Su retrato aparecía en los salones oficiales como símbolo de honor y disciplina.

—Mi padre descubrió su traición —murmuró ella.

—Encontró pruebas de que el ministro vendía información militar a los enemigos del reino. Cuando intentó informar al rey, alguien filtró su investigación. Esa misma noche recibí una orden para detenerlo.

—¿Y lo asesinaste?

El general cerró los ojos.

—Fui a buscarlo. Discutimos. Él se negó a entregar los documentos y me dijo que la orden llevaba una firma falsa. Intenté convencerlo de que escapara conmigo, pero ya era demasiado tarde. Los hombres del ministro llegaron antes de que pudiéramos salir.

So-Rin apretó la carta.

—No me digas que intentaste salvarlo. Tú fuiste quien volvió a la capital con su espada ensangrentada.

El general no respondió.

—¡Mírame cuando te hablo!

Baek Do-Hyun levantó la cabeza.

—Cuando entraron aquellos hombres, tu padre me obligó a elegir. Podía luchar y morir junto a él, o aceptar la culpa y mantenerte con vida. Me hizo jurar que jamás revelaría dónde escondió la prueba original.

So-Rin sintió que la rabia le subía por el pecho.

—¿Quieres que crea que mi padre murió para protegerme y que tú aceptaste convertirte en su asesino por una promesa?

—No espero que me perdones.

—Bien. Porque no lo haré.

«No vine a escuchar tus excusas, general. Vine a descubrir quién dio la orden y a hacer que todos conozcan la verdad».

La prueba escondida en la espada

So-Rin desplegó la carta sobre la mesa. La escritura estaba descolorida, pero reconoció de inmediato la letra de su padre. Había visto aquellos trazos en las pocas notas que conservaba de su infancia.

La primera línea contenía una advertencia:

«Si esta carta llega a manos de mi hija, significa que el hombre que me traicionó sigue ocupando un puesto de poder».

So-Rin continuó leyendo. La carta mencionaba un registro militar oculto en una fortaleza abandonada al norte de la capital. Allí se guardaban las órdenes originales, junto con los nombres de los oficiales que habían recibido pagos secretos.

Pero había algo más.

Su padre afirmaba que la espada desaparecida aquella noche no solo era un arma. Dentro de la empuñadura había escondido una pequeña pieza metálica con el sello auténtico del rey, una prueba que permitiría demostrar que las órdenes utilizadas contra él habían sido falsificadas.

So-Rin miró la espada que descansaba sobre la mesa.

—¿Lo sabías?

El general asintió lentamente.

—Busqué esa pieza durante años. Nunca pude encontrarla.

La joven tomó la espada y examinó la empuñadura. En la parte inferior había una unión casi invisible. Introdujo la punta de una pequeña horquilla en la ranura y giró con cuidado.

Un pequeño compartimento se abrió.

Dentro había una pieza de metal oscuro, envuelta en un trozo de seda amarillenta. So-Rin la colocó junto a la carta.

El general se quedó sin palabras.

—Tu padre logró esconderla antes de morir —susurró—. Por eso el ministro nunca pudo cerrar el caso.

So-Rin recogió ambas pruebas.

—¿Dónde está esa fortaleza?

—Si vas allí, los hombres del ministro te encontrarán.

—Entonces tendré que llegar antes que ellos.

El general le sujetó el brazo, sin hacerle daño.

—¡Escúchame! Min Seok-Won no es el único involucrado. Hay alguien dentro del palacio que todavía protege sus secretos. Si entregas esa pieza al funcionario equivocado, desaparecerás antes del amanecer.

So-Rin se soltó.

—¿Quién?

El general abrió la boca, pero un ruido repentino lo interrumpió.

Tres golpes sonaron en la puerta.

—General Baek —anunció una voz desde el corredor—. Por orden del ministro de Defensa, debemos registrar su residencia inmediatamente.

El rostro del general se endureció.

—Ya saben que tienes la prueba.

So-Rin escondió la pieza metálica bajo su ropa y dobló la carta.

—Entonces llegó el momento de dejar de escondernos.

La visita del ministro

La puerta se abrió sin esperar autorización.

Entraron cuatro soldados armados y, detrás de ellos, un hombre vestido con un elegante hanbok negro bordado en plata. Su cabello gris estaba perfectamente recogido y su rostro mostraba la serenidad de alguien acostumbrado a que todos obedecieran sus órdenes.

Lord Min Seok-Won.

—General Baek —dijo con una sonrisa fría—. Me informaron de que esta noche recibiste una visita inesperada.

El general se colocó delante de So-Rin.

—Mi residencia es privada. No recuerdo haber autorizado una inspección.

—Cuando la seguridad del reino está en juego, la privacidad deja de ser una prioridad.

El ministro recorrió el despacho con la mirada. Se detuvo en la espada sobre la mesa.

Su sonrisa desapareció durante una fracción de segundo.

So-Rin lo notó.

—Veo que conservas objetos antiguos —dijo el ministro, acercándose—. Algunas reliquias deberían permanecer enterradas.

—Algunas verdades también —respondió ella.

El ministro giró lentamente la cabeza hacia la joven sirvienta.

—¿Quién te permitió hablar?

So-Rin dio un paso al frente.

—Mi padre.

Min Seok-Won la observó durante varios segundos. De pronto, su rostro perdió toda expresión.

—No puede ser…

—Han So-Rin —dijo ella—. Hija de Han Gyeom, el comandante que acusaste de traición y cuya espada nunca pudiste encontrar.

Los soldados levantaron sus armas. El general se interpuso entre ellos y la joven.

El ministro no gritó ni ordenó atacar. Simplemente sonrió otra vez, esta vez con una tranquilidad mucho más inquietante.

—Entonces has cometido un grave error al regresar a esta casa.

Hizo una señal a sus soldados.

—Registren al general. Encuentren la pieza del sello. Y si la muchacha se resiste, llévenla viva al palacio.

So-Rin sintió el peso de la prueba contra su cuerpo. Su padre había arriesgado todo para conservarla, y ahora el hombre responsable de su muerte estaba a pocos pasos de ella.

El general Baek desenvainó su espada y se colocó frente a los soldados.

—No tocarán a esta muchacha.

Min Seok-Won soltó una carcajada.

—¿Todavía pretendes hacerte pasar por un hombre honorable? Tú mismo entregaste a su padre.

—Y he vivido veinte años con esa culpa.

—Entonces tendrás la oportunidad de morir con ella.

Los soldados avanzaron.

Pero antes de que pudieran alcanzarlos, un fuerte estruendo sacudió la residencia. Desde el patio llegaron gritos y el sonido de caballos.

Un guardia irrumpió en el despacho, pálido y sin aliento.

—¡Mi señor! ¡La guardia real ha rodeado la residencia! ¡El rey exige que Lord Min Seok-Won comparezca ante él inmediatamente!

El ministro se quedó inmóvil.

So-Rin miró al general. Por primera vez aquella noche, él pareció recuperar la esperanza.

Sin embargo, el ministro inclinó la cabeza y murmuró unas palabras que solo ella pudo escuchar:

—Puedes mostrarle al rey ese sello, muchacha. Pero cuando descubras quién ordenó realmente la muerte de tu padre, desearás no haber nacido.

Después sonrió y se dirigió hacia la puerta, como si todavía tuviera el control de la situación.

So-Rin apretó la pieza metálica bajo su ropa.

Había pasado veinte años buscando al asesino de su padre. Ahora tenía la prueba en sus manos, al general dispuesto a declarar y al ministro acorralado.

Pero una pregunta seguía atormentándola.

Si Min Seok-Won había falsificado las órdenes, ¿por qué el rey quería verlo con tanta urgencia? ¿Y por qué el ministro parecía tan seguro de que la verdad terminaría destruyendo a la propia So-Rin?

CONTINUARÁ…

La verdad está a punto de llegar al trono, pero el secreto más peligroso todavía no ha sido revelado.