LA SIRVIENTA ACUSÓ A LA REINA DE ASESINATO… ¡PERO UNA PRUEBA OCULTA PODÍA CAMBIARLO TODO!
Todos creían que la joven moriría por atreverse a señalar a la mujer más poderosa del palacio. Nadie imaginaba lo que ocurriría después.
La acusación que paralizó al palacio
El dedo de Yoon Mi-Ra seguía apuntando directamente a la reina So-Hye.
Ninguno de los ministros se atrevía a respirar con normalidad. Los guardias mantenían las manos sobre las espadas, esperando una orden. La reina, que hasta hacía unos segundos exigía la muerte de la sirvienta, permanecía inmóvil con una expresión de incredulidad.
El rey Yi-Hwan miró a Mi-Ra y después a su esposa. Durante diez años había buscado una explicación para la muerte de su hermano menor. Había interrogado a generales, desterrado funcionarios y revisado documentos, pero siempre encontraba las mismas respuestas: su hermano había muerto durante una disputa política y nadie había presenciado el crimen.
Ahora una sirvienta afirmaba haberlo visto todo.
—¡Miente! ¡Esta mujer está desesperada porque sabe que será ejecutada! ¡Está inventando una acusación para salvar su vida!
Mi-Ra bajó lentamente la mano. Tenía las mejillas mojadas y las piernas tan débiles que apenas podía mantenerse de pie.
—No necesito salvar mi vida mintiendo, majestad. Si hubiera querido protegerme, habría seguido callada como hice durante diez años.
El rey dio un paso hacia ella.
—Entonces dime por qué guardaste silencio durante tanto tiempo. Mi hermano merecía justicia. ¿Por qué no acudiste a mí?
Mi-Ra apretó las manos. Aquella era la pregunta que más temía responder.
—Porque la primera persona que me encontró después de aquella noche amenazó con matar a mi madre y a mi hermano si hablaba. Mi madre murió poco después. Mi hermano es lo único que me queda.
El rey apretó la mandíbula. La amenaza de la reina contra el hermano de la sirvienta ya no parecía una simple demostración de poder. Podía ser parte del mismo secreto que había mantenido enterrado el asesinato durante una década.
Yi-Hwan se volvió hacia su esposa.
—¿Por qué amenazaste a su hermano antes de escucharla? ¿Qué te asusta tanto de lo que pueda contar?
La reina levantó la barbilla, intentando recuperar el control.
—Porque una sirvienta me ha golpeado delante de tus ministros y ahora pretende destruirme con una historia absurda. ¡Si no impones un castigo, mañana cualquier criada creerá que puede desafiar a la familia real!
El rey no respondió de inmediato. Miró a los ministros que permanecían junto a las columnas.
Uno de ellos tenía la cabeza tan inclinada que parecía intentar desaparecer dentro de su propio uniforme.
El rey lo reconoció. Era el ministro que había redactado el informe oficial sobre la muerte de su hermano.
Y aquel hombre estaba temblando.
La noche que Mi-Ra nunca pudo olvidar
El rey ordenó que todos los presentes permanecieran en el salón. Ningún ministro podía marcharse y ningún guardia debía acercarse a la sirvienta sin su permiso.
Después pidió a Mi-Ra que contara lo sucedido aquella noche, desde el principio.
La joven cerró los ojos. Durante años había intentado olvidar el sonido de la lluvia golpeando los tejados, el olor a humo y los gritos que surgieron del pabellón oriental. Pero los recuerdos seguían allí, tan claros como si acabaran de ocurrir.
—Tenía trece años. Mi madre trabajaba en la cocina del palacio y yo llevaba medicinas a los sirvientes enfermos. Aquella noche me enviaron al pabellón oriental para recoger una bandeja.
Los ministros intercambiaron miradas. El pabellón oriental era precisamente el lugar donde habían encontrado muerto al príncipe Yi-Jun, el hermano menor del rey.
—Cuando llegué, escuché una discusión. Me escondí detrás de una puerta. El príncipe estaba vivo y discutía con la reina. Le decía que había descubierto algo sobre los fondos del palacio y que no permitiría que inocentes fueran castigados por ello.
La reina dio un paso hacia ella.
—¡Basta! ¡No permitiré que sigas ensuciando mi nombre!
Dos guardias se movieron de inmediato para impedirle acercarse a la joven.
El rey levantó la mano, exigiendo silencio.
—Deja que termine.
Mi-Ra tragó saliva y continuó.
—La reina le pidió que entregara unos documentos. El príncipe se negó. Entonces ella le dijo que, si revelaba lo que sabía, ambos caerían. Él respondió que prefería morir antes que convertirse en cómplice.
El rey sintió que el pecho se le cerraba. Su hermano había sido un hombre obstinado, pero jamás había creído que esa obstinación pudiera costarle la vida.
—La reina se acercó a él. No pude ver exactamente qué llevaba en la mano porque la lámpara estaba a punto de apagarse. Escuché un golpe. El príncipe cayó al suelo y ella comenzó a gritar pidiendo ayuda, como si acabara de encontrarlo muerto.
La reina se puso pálida, pero enseguida recuperó la voz.
—¡Eso es imposible! ¡Yo fui quien pidió ayuda cuando encontré el cuerpo!
Mi-Ra la miró directamente a los ojos.
—No. Usted ya estaba allí cuando él cayó. Y antes de salir del pabellón, recogió algo del suelo y lo escondió dentro de su manga.
La mano de la reina se cerró instintivamente sobre su manga derecha.
El rey lo vio.
También lo vio el ministro que había estado temblando junto a la columna.
El ministro que intentó escapar
El rey se volvió hacia el ministro responsable del informe de la muerte de Yi-Jun.
—Ministro Park, usted dirigió la investigación. ¿Por qué no aparece ninguna declaración de los sirvientes que trabajaban aquella noche?
El ministro se arrodilló con tanta rapidez que sus rodillas golpearon el suelo.
—Majestad, todos los testigos fueron interrogados. Ninguno dijo haber visto nada. La investigación se cerró conforme al procedimiento.
—¿Y esta mujer? ¿También fue interrogada?
Park abrió la boca, pero no respondió.
El silencio fue suficiente para que varios ministros comenzaran a murmurar. Mi-Ra nunca había aparecido en el expediente. Nadie había registrado su nombre ni el de su madre. Alguien había borrado deliberadamente cualquier rastro de su presencia en el palacio aquella noche.
El rey se acercó al ministro.
—Tiene una última oportunidad. Dígame quién ordenó ocultar a los testigos.
Park levantó la mirada hacia la reina. Fue apenas un instante, pero el rey lo notó.
La reina también.
—¡No te atrevas a implicarme en tus errores, Park!
El ministro comenzó a temblar con más fuerza.
El rey ordenó a los guardias que lo sujetaran. Cuando dos soldados se acercaron, Park intentó levantarse y correr hacia la salida, pero tropezó con el borde de su túnica y cayó al suelo.
—¡Yo solo obedecí órdenes! ¡No fui yo quien decidió qué debía desaparecer!
La reina cerró los ojos un segundo.
El rey se inclinó hacia el ministro.
—¿Quién dio esas órdenes?
Park miró a Mi-Ra. Luego miró a la reina.
—La orden llegó del despacho real. Tenía el sello del rey.
El salón estalló en murmullos.
Yi-Hwan retrocedió lentamente. Durante diez años había buscado al asesino de su hermano. Ahora descubría que alguien había utilizado su propio sello para encubrir el crimen.
Pero no sabía si el documento había sido falsificado o si una persona de su confianza había actuado en su nombre.
Y esa duda podía destruir el reino.
La prueba que la reina llevaba escondida
El rey ordenó registrar el despacho de Park y confiscar todos los documentos relacionados con la muerte del príncipe. Después se volvió hacia la reina.
—Quítate la mano de la manga.
So-Hye no se movió.
—¿Ahora vas a registrar a tu propia reina por la palabra de una sirvienta?
—Voy a investigar el asesinato de mi hermano. Nadie está por encima de esa investigación.
La reina miró a los ministros, buscando apoyo. Ninguno se atrevió a intervenir.
Finalmente, sacó de su manga un pequeño objeto envuelto en tela oscura.
Era un broche de jade con forma de dragón. Una de sus puntas estaba manchada de un color marrón oscuro, casi imperceptible por el paso de los años.
Mi-Ra sintió que el cuerpo se le helaba.
—Ese es el objeto que usted recogió aquella noche.
La reina sostuvo el broche con fuerza.
—Pertenecía al príncipe. Lo encontré junto a su cuerpo. Lo guardé porque era un recuerdo de la familia real.
El rey extendió la mano.
—Entrégamelo.
So-Hye obedeció lentamente. El rey examinó el broche y descubrió que el reverso tenía unas letras grabadas. No eran un nombre, sino una fecha y una pequeña inscripción que identificaba el archivo privado del príncipe Yi-Jun.
El rey conocía aquella marca. Su hermano la utilizaba para señalar los documentos que contenían pruebas de corrupción dentro de la corte.
La reina no había guardado únicamente un recuerdo.
Había conservado una posible prueba del motivo del asesinato.
—¿Qué documentos encontró mi hermano? ¿Y por qué llevas diez años ocultando este broche?
So-Hye levantó el rostro. Sus ojos estaban llenos de rabia, pero debajo de aquella rabia apareció algo que el rey no había visto antes: miedo.
—Porque tu hermano no murió por lo que descubrió sobre mí.
El rey se quedó inmóvil.
—Murió porque descubrió lo que tú hiciste antes de convertirte en rey.
El secreto del propio rey
Nadie se atrevió a moverse.
Mi-Ra miró al rey. El hombre que acababa de protegerla, el único que podía garantizar que se hiciera justicia, acababa de quedar bajo una sospecha que nadie se había atrevido a pronunciar.
Yi-Hwan apretó el broche de jade.
—Explícate. Ahora mismo.
La reina respiró hondo. Durante años había vivido bajo la sombra de aquel secreto. Había permitido que personas inocentes fueran castigadas y había utilizado su poder para impedir que la investigación avanzara. Pero ahora que el rey tenía el broche, ya no podía controlar lo que ocurriría.
—Yi-Jun descubrió una orden secreta firmada antes de su muerte. Una orden que autorizaba trasladar soldados durante la noche y eliminar a quienes intentaran impedirlo.
—Yo jamás ordené asesinar a mi hermano.
—Quizá no ordenaste su asesinato. Pero tu firma estaba en el documento que puso en marcha todo aquello.
El rey miró a Park, que permanecía sujetado por los guardias. El ministro evitó sus ojos.
Mi-Ra recordó la discusión del pabellón oriental. Ahora comprendía por qué el príncipe Yi-Jun había estado tan desesperado. No había descubierto solamente un robo, sino una operación secreta que implicaba a los hombres más poderosos del reino.
Pero todavía faltaba la respuesta más importante.
—Majestad… yo escuché al príncipe decir que alguien había falsificado su firma. Antes de morir, me pidió que buscara el libro rojo. Dijo que allí estaba la verdad.
El rostro del ministro Park cambió por completo.
El rey lo vio y comprendió que ese libro todavía existía.
—¿Dónde está el libro rojo?
Park comenzó a llorar.
—Majestad… yo no lo tengo. Lo escondieron en el archivo subterráneo, detrás del retrato del fundador de la dinastía.
El rey ordenó a sus guardias que fueran inmediatamente al archivo. Antes de que pudieran salir, un soldado entró corriendo al salón, respirando con dificultad.
—¡Majestad! ¡El archivo subterráneo está abierto! ¡Hay señales de que alguien entró esta noche!
El rey se levantó de golpe.
Mi-Ra sintió que el pasado volvía a perseguirla. Si alguien había descubierto el libro rojo, también podía haber descubierto que ella seguía viva.
Entonces el guardia añadió una última frase que dejó a todos sin palabras.
—Y encontramos sangre junto a la entrada. Pero no pertenece a ningún guardia del palacio.
La reina miró al rey. Por primera vez, no parecía estar pensando en salvar su posición, sino en algo mucho más terrible.
El libro rojo había desaparecido.
Y alguien que conocía la verdad acababa de resultar herido.
La sirvienta sobrevivió a la orden de ejecución, pero su testimonio abrió una conspiración que amenaza con derribar al propio rey.
CONTINUARÁ…
