LA CAMPESINA DERROTÓ A LOS GUARDIAS… ¡PERO EL GENERAL RECONOCIÓ LA CINTA QUE PODÍA DESTRUIR AL REINO!
Todos creían que era una simple campesina. Ahora, el hombre más temido del reino parecía tenerle miedo a ella.
El arroyo seguía corriendo tranquilamente, como si nada hubiera ocurrido. Los pájaros regresaban poco a poco a los árboles de bambú y la brisa movía las hojas sobre el pequeño puesto de comida.
Sin embargo, el camino de tierra parecía un campo de batalla.
Doce guardias originales y seis soldados recién llegados permanecían desarmados o intentando recuperar el aliento. Algunos se sostenían el abdomen después de caer; otros miraban a la joven que había regresado a su mesa como si acabaran de presenciar algo imposible.
Yoon Hae-Rin levantó su cuenco, recogió un poco de arroz con los palillos y siguió comiendo.
El general Kang Mu-Jin no apartaba los ojos de la cinta roja atada a su muñeca izquierda.
La había visto una sola vez en su vida. Habían pasado diecisiete años desde aquella noche, pero recordaba perfectamente su color, el nudo y el pequeño símbolo bordado en el interior de la tela.
Era la marca de la Casa de las Sombras, una organización secreta que el rey había ordenado exterminar después de una rebelión sangrienta. Según los registros oficiales, todos sus miembros habían muerto.
Todos menos una familia.
Mu-Jin se acercó lentamente a la mesa. Esta vez no golpeó la madera ni gritó órdenes. Su mano seguía cerca de la empuñadura de la espada, pero no parecía dispuesto a desenfundarla.
—¿Quién te dio esa cinta? —preguntó de nuevo.
Hae-Rin terminó de masticar antes de contestar.
—Mi madre. Me dijo que nunca debía quitármela, ni siquiera cuando estuviera a punto de morir.
El general palideció.
—¿Cómo se llamaba tu madre?
La joven inclinó ligeramente la cabeza, observándolo con una curiosidad casi infantil.
—Qué extraño. Hace unos minutos quería arrestarme. Ahora parece que quiere conocer mi árbol genealógico.
Algunos guardias bajaron la mirada. Nadie se atrevía a reírse.
El general tragó saliva.
—Respóndeme.
Hae-Rin dejó los palillos sobre el cuenco.
—Mi madre se llamaba Yoon Seol-Hwa. Mi padre era Han Do-Gyeom. ¿Le suenan esos nombres?
Mu-Jin dio un paso atrás.
El nombre de Han Do-Gyeom había sido borrado de los documentos públicos, pero no de la memoria de quienes habían servido en el palacio. Era el antiguo comandante de la guardia real y el hombre al que habían culpado de intentar asesinar al monarca.
Su ejecución había sido anunciada diecisiete años atrás.
Pero el general había estado presente en aquella noche.
Y sabía que el hombre nunca había llegado vivo al lugar de la ejecución.
—Eso es imposible —murmuró Mu-Jin—. La hija de Han Do-Gyeom murió durante la persecución.
Hae-Rin sonrió sin alegría.
—Entonces alguien le mintió al reino.
El general miró a los soldados caídos. Después observó el puesto, el cuenco de arroz y las manos de la joven. No tenía las manos de una campesina que jamás hubiera sostenido un arma. Había callos en lugares precisos, cicatrices pequeñas en los nudillos y una vieja marca en la base del pulgar.
Manos entrenadas.
—¿Quién te enseñó a luchar así?
—La gente que intentó matarme.
La respuesta fue tan tranquila que el general sintió un escalofrío.
Hae-Rin volvió a tomar los palillos.
—Cuando era pequeña, los hombres entraban en nuestra casa por la noche. Mi madre me escondía debajo del suelo y me decía que no hiciera ruido. Yo obedecía. Escuchaba los gritos, los muebles rompiéndose y las botas subiendo las escaleras.
Su tono no cambió. No había lágrimas ni temblores. Hablaba de su infancia como si estuviera describiendo el clima.
—Una noche, mi madre no regresó a buscarme. Pasé tres días escondida. Cuando salí, la casa estaba vacía.
Mu-Jin bajó lentamente la mirada.
—Lo siento.
Hae-Rin lo contempló unos segundos.
—No lo sienta. Si hubiera regresado, quizá yo nunca habría aprendido a sobrevivir.
El general entendió entonces que aquella serenidad no era simple valentía. La joven había aprendido a separar el miedo del movimiento, el dolor de la decisión y la violencia de la expresión. Algo en ella se había quebrado mucho tiempo atrás, y nadie había logrado repararlo.
Pero había otra cosa que lo inquietaba aún más: si ella había sobrevivido, tal vez no había sido por casualidad.
Mu-Jin se quitó lentamente un guante de cuero. En la palma de su mano llevaba una pequeña cicatriz con la misma forma que el símbolo bordado dentro de la cinta roja.
Hae-Rin la vio.
Por primera vez desde que habían llegado los guardias, dejó de sonreír.
—Usted estuvo allí —dijo.
El general no respondió.
—La noche en que desapareció mi familia. Usted estuvo allí.
Mu-Jin apretó la mandíbula.
—Yo era un soldado joven. Recibí órdenes.
—¿De quién?
El general miró a su alrededor. Los soldados que aún podían mantenerse de pie se alejaron unos pasos. Ninguno quería quedar atrapado en aquella conversación.
—Del rey.
Hae-Rin se quedó inmóvil.
—¿Mi padre intentó asesinarlo?
—No.
La palabra salió demasiado rápido. Mu-Jin cerró los ojos un instante, consciente de que acababa de revelar más de lo que pretendía.
Hae-Rin apoyó ambos palillos sobre la mesa, perfectamente paralelos.
—Repita eso.
—Tu padre no intentó asesinar al rey. Descubrió que alguien estaba utilizando el sello real para ordenar ejecuciones falsas y apropiarse de las tierras de familias nobles. Cuando intentó denunciarlo, lo acusaron de traición.
—¿Y mi madre?
—Ella tenía pruebas.
El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito.
Hae-Rin bajó la mirada hacia su cinta roja. Por primera vez, sus dedos la tocaron con cuidado, como si el objeto acabara de convertirse en algo distinto.
—¿Qué pruebas?
Mu-Jin se inclinó hacia ella.
—Un registro con los nombres de quienes recibieron dinero para obedecer las órdenes falsas. Si ese registro aparece, varias de las familias más poderosas del reino caerán. También caerán hombres que hoy se sientan al lado del rey.
—¿Y usted sabe dónde está?
El general no contestó.
La joven volvió a sonreír.
—Ya entiendo por qué vino con tantos soldados. No quería arrestar a una campesina. Quería averiguar si yo había encontrado lo que mi madre escondió.
Mu-Jin no intentó negarlo.
El general hizo una señal a sus hombres para que retrocedieran. Después se sentó frente a Hae-Rin sin pedir permiso. La mesa era demasiado pequeña para su armadura, pero no parecía importarle.
—Escúchame. Si los hombres del palacio descubren que sigues viva, no enviarán guardias comunes. Enviarán a los asesinos reales.
—¿Los mejores?
—Los peores.
Hae-Rin asintió con seriedad, como si estuviera escuchando la descripción de una nueva receta.
—¿Cuántos son?
—No importa cuántos. No puedes enfrentarte a todo el reino.
La joven tomó un sorbo de té.
—No necesito enfrentarme a todo el reino. Solo necesito encontrar a la persona que dio la orden.
—¿Y qué harás cuando la encuentres?
Hae-Rin dejó la taza sobre la mesa. Su rostro permanecía tranquilo, pero su mirada se volvió tan fría que el general dejó de respirar durante un instante.
—Le haré una pregunta.
—¿Cuál?
—Por qué tuvo tanto miedo de una niña.
Mu-Jin comprendió que no estaba hablando de venganza de la manera en que él la conocía. Hae-Rin no parecía interesada en riquezas, títulos ni reconocimiento. Quería llegar al origen de aquella noche y obligar a alguien a mirarla a los ojos mientras explicaba por qué había destruido su familia.
Y, por la manera en que lo decía, parecía capaz de esperar años para conseguirlo.
—Puedo ayudarte a entrar en la capital —dijo el general—. Pero necesito que confíes en mí.
Hae-Rin soltó una pequeña carcajada.
Los soldados se tensaron inmediatamente.
—¿Confiar en usted? General, usted llegó aquí con dieciocho hombres para llevarme por la fuerza. Sus hombres están en el suelo y ahora quiere que lo acompañe voluntariamente.
Se inclinó un poco hacia él.
—No confunda mi educación con ingenuidad.
Mu-Jin aceptó el golpe de aquellas palabras sin protestar.
—Entonces dime qué quieres.
Hae-Rin miró hacia el camino que conducía a la capital.
—Quiero ver el registro.
—No lo tengo.
—Pero sabe quién lo tiene.
El general guardó silencio demasiado tiempo.
La joven se levantó, recogió su pequeña bolsa de tela y guardó dentro un trozo de pan para el camino. Después tomó la cinta roja y la examinó por el reverso. Presionó el bordado con el pulgar hasta sentir una pequeña irregularidad bajo la tela.
Con una aguja que llevaba escondida en la costura de la manga, abrió cuidadosamente unos puntos del borde. De su interior cayó una lámina diminuta de metal, tan fina como una hoja seca. Tenía grabados varios caracteres y un número escrito en tinta oscura.
El general se puso de pie de golpe.
—¿Qué es eso?
Hae-Rin sostuvo la lámina frente a la luz.
—Parece que mi madre me dejó algo más que una cinta.
Mu-Jin reconoció el sello grabado en el metal. No era el símbolo de la Casa de las Sombras.
Era el sello privado del príncipe heredero.
El general retrocedió hasta chocar con uno de sus soldados.
—Guarda eso —ordenó en voz baja—. Nadie debe verlo.
Hae-Rin ladeó la cabeza.
—¿Por qué? ¿También quiere arrestarme por llevar una pieza de metal?
—No entiendes lo que tienes en las manos. El príncipe heredero desapareció hace diecisiete años. El palacio declaró que había muerto durante una enfermedad. Pero nunca hubo un cuerpo.
Hae-Rin observó la lámina.
—¿Qué tiene que ver mi familia con él?
Mu-Jin miró a los hombres que lo acompañaban y les ordenó retirarse a una distancia prudente.
—Tu padre era el único hombre encargado de proteger al príncipe aquella noche. Después de su desaparición, el rey ordenó borrar todo rastro de su existencia. Quienes preguntaron demasiado terminaron muertos o fueron acusados de traición.
Hae-Rin no parecía sorprendida. Parecía estar ordenando las piezas de un rompecabezas que llevaba toda su vida intentando resolver.
—Entonces mi padre no fue acusado por descubrir un fraude —dijo—. Fue acusado porque sabía dónde estaba el príncipe.
—Eso creo.
—Y mi madre escondió esta pieza para que algún día yo pudiera encontrarlo.
El general bajó la voz todavía más.
—Si el príncipe está vivo, tiene derecho al trono. Y si alguien lo ha mantenido oculto todos estos años, hará cualquier cosa para impedir que aparezca.
Hae-Rin guardó la lámina dentro de su bolsa. Después volvió a la mesa y comprobó que aún quedaba un poco de arroz en el cuenco.
El general la observó con incredulidad.
—¿De verdad vas a terminar de comer?
Ella tomó los palillos.
—Por supuesto. No voy a buscar a un príncipe con el estómago vacío.
Mu-Jin se quedó mirándola, sin saber si estaba ante la mujer más valiente que había conocido o ante alguien a quien debía temer más que a los hombres que gobernaban el reino.
Hae-Rin terminó el último bocado, se limpió las manos y se levantó.
—Vamos, general.
—¿Has decidido confiar en mí?
Ella pasó junto a él y comenzó a caminar por el sendero.
—No. He decidido vigilarlo de cerca.
El general la siguió.
Detrás de ellos, los guardias comenzaron a levantarse. Ninguno se atrevió a detenerla de nuevo.
El último detalle
Mientras Hae-Rin se alejaba hacia la capital, un hombre vestido con ropas sencillas observaba la escena desde el otro lado del arroyo.
No llevaba espada. No vestía armadura. Parecía un viajero cualquiera.
Sin embargo, cuando vio la cinta roja en la muñeca de Hae-Rin, abrió lentamente la mano derecha.
En su palma había otra cinta roja, idéntica a la de ella.
El desconocido bajó la cabeza y susurró:
—Así que la hija de Do-Gyeom sigue viva… El príncipe tenía razón.
Se volvió hacia el bosque y sacó de su manga una pequeña tablilla con un mensaje escrito para el palacio.
Solo contenía una frase:
«La heredera ha comenzado a recordar».
CONTINUARÁ…
