La campesina que despertó los celos de la princesa — Parte 2
La mañana siguiente comenzó de una manera muy distinta para Han Mi-Rae. Mientras caminaba por el pequeño mercado de la aldea con una cesta entre los brazos, todavÃa podÃa recordar perfectamente el encuentro del dÃa anterior.
El general Seo-Jin.
Aquel hombre arrogante que habÃa aparecido rodeado de soldados y que, contra todo pronóstico, habÃa terminado ayudándola a recoger las verduras que habÃan caÃdo de su cesta.
Mi-Rae intentaba convencerse de que aquel momento no significaba nada. Para ella, seguÃa siendo un hombre demasiado orgulloso, acostumbrado a que todos bajaran la cabeza cuando él aparecÃa.
Sin embargo, habÃa algo que no podÃa negar.
Cuando él le habÃa dicho que querÃa volver a hablar con ella, su corazón habÃa dado un pequeño salto.
—Qué tonterÃa —murmuró mientras acomodaba unas verduras sobre la mesa de su puesto—. Es un general. Yo soy una campesina. No tenemos absolutamente nada que ver.
Pero mientras pronunciaba aquellas palabras, una voz conocida apareció detrás de ella.
—Parece que estás hablando sola otra vez.
Mi-Rae se giró y vio a su amiga Ji-Sun, que la observaba con una sonrisa maliciosa.
—No estaba hablando sola.
—Claro que sÃ. Y también estabas sonriendo.
Mi-Rae dejó la cesta sobre la mesa.
—No estaba sonriendo.
—Entonces seguramente estabas pensando en el general.
Mi-Rae abrió los ojos.
—¡Baja la voz!
Ji-Sun soltó una pequeña carcajada.
—Asà que sà estabas pensando en él.
—No estoy pensando en nadie.
—Mi-Rae, ayer todo el mercado vio cómo el general te miraba.
Mi-Rae guardó silencio.
Y ese silencio fue suficiente para que su amiga entendiera la respuesta.
Mientras tanto, en el palacio, la situación era mucho más peligrosa.
La princesa Yeon-Hwa llevaba toda la mañana caminando de un lado a otro de sus aposentos. Frente a ella estaba su sirvienta de mayor confianza, quien habÃa pasado las primeras horas del dÃa investigando a Mi-Rae.
—Habla —ordenó la princesa.
—La joven se llama Han Mi-Rae. Tiene veinticuatro años. Vive con su madre en una pequeña casa al sur de la aldea.
Yeon-Hwa permaneció en silencio.
—¿Tiene alguna relación con el general?
—No, alteza.
La princesa frunció el ceño.
—¿Entonces por qué él se interesó en ella?
La sirvienta dudó antes de responder.
—Tal vez porque ella no le tiene miedo.
La expresión de Yeon-Hwa cambió.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
La princesa conocÃa a Seo-Jin desde hacÃa años. HabÃan crecido dentro del mismo cÃrculo de la nobleza. Sus familias habÃan hablado de un matrimonio desde que ambos eran jóvenes.
Para ella, aquel matrimonio no era solamente una cuestión polÃtica. Yeon-Hwa realmente creÃa que Seo-Jin terminarÃa amándola.
Pero últimamente habÃa comenzado a notar algo diferente.
El general estaba cansado de las personas que siempre estaban de acuerdo con él.
Y aquella campesina habÃa sido la primera en enfrentarlo sin miedo.
Eso era justamente lo que parecÃa atraerlo.
—Quiero que averigües todo sobre ella —dijo Yeon-Hwa.
—¿Todo?
—Su familia, sus amistades, sus deudas, sus problemas. Lo que sea.
—¿Y qué piensa hacer con esa información?
La princesa se acercó lentamente a la ventana.
—TodavÃa no lo sé.
Hizo una pausa.
—Pero cuando encuentre una debilidad, sabré exactamente dónde golpear.
Ese mismo dÃa, Seo-Jin regresó a la aldea.
Los habitantes comenzaron a apartarse al verlo llegar. Algunos bajaron la cabeza. Otros se hicieron a un lado para dejarle paso.
Pero el general no buscaba al alcalde ni a los soldados.
Buscaba a una sola persona.
Mi-Rae.
La encontró junto al rÃo, lavando algunas telas.
Cuando ella levantó la mirada y lo vio, se quedó completamente quieta.
—¿Otra vez usted?
Seo-Jin sonrió.
—Parece que te decepciona verme.
—No. Me sorprende que un general tenga tiempo para caminar por aldeas.
—Quizá encontré una buena razón para hacerlo.
Mi-Rae bajó la mirada.
—No deberÃa hablar asà conmigo.
—¿Por qué?
—Porque usted es un general.
—Y tú sigues siendo la única persona que me habla como si no lo fuera.
Mi-Rae intentó esconder una sonrisa.
—Tal vez porque cuando habla conmigo no parece un general.
Seo-Jin la miró fijamente.
—¿Y qué parezco?
Ella levantó una ceja.
—Un hombre bastante arrogante.
El general soltó una carcajada.
—Pensé que al menos ibas a decir algo amable.
—No acostumbro mentir.
Por primera vez, Seo-Jin sintió que podÃa respirar con tranquilidad cerca de ella.
Pero ninguno de los dos sabÃa que no estaban solos.
Desde una pequeña colina, un hombre enviado por la princesa observaba la escena.
Y no tardó en regresar al palacio.
—Alteza —dijo el hombre al entrar—. El general volvió a verla.
Yeon-Hwa cerró lentamente el abanico que tenÃa entre las manos.
—¿Estaban solos?
—SÃ.
—¿Y qué hacÃan?
—Hablaban. Él parecÃa… feliz.
La princesa apretó los dedos alrededor del abanico.
—Entonces ya no hay dudas.
—¿Alteza?
—Esa mujer está intentando ocupar mi lugar.
Pero la realidad era muy diferente.
Mi-Rae no habÃa intentado conquistar al general.
De hecho, era precisamente ella quien intentaba mantener distancia.
Sin embargo, Yeon-Hwa no estaba interesada en la verdad.
QuerÃa una explicación que justificara su enojo.
Y pronto la encontrarÃa.
Esa noche, mientras Mi-Rae regresaba a casa, encontró a tres mujeres nobles esperándola frente a la entrada.
—¿Han Mi-Rae?
—SÃ.
—La princesa Yeon-Hwa solicita que te presentes mañana en el palacio.
Mi-Rae sintió un escalofrÃo.
—¿Por qué?
La mujer sonrió de una manera extraña.
—Eso lo descubrirás cuando llegues.
Las mujeres se marcharon.
Mi-Rae permaneció inmóvil frente a su casa.
Su madre salió al escuchar el ruido.
—¿Qué ocurre?
Mi-Rae miró hacia el camino vacÃo.
—La princesa quiere verme.
Su madre palideció.
—No vayas.
Mi-Rae la miró sorprendida.
—¿Por qué dices eso?
Su madre tardó varios segundos en responder.
—Porque cuando una princesa llama a una campesina al palacio, rara vez es para hacerle un favor.
Al dÃa siguiente, Mi-Rae entró al palacio con el corazón acelerado.
El lugar era completamente diferente a todo lo que habÃa conocido. Grandes columnas de madera, jardines perfectamente cuidados y guardias vestidos con armaduras ceremoniales rodeaban los corredores.
Finalmente llegó ante la princesa.
Yeon-Hwa la observó durante varios segundos sin decir una palabra.
—Asà que tú eres Han Mi-Rae.
—SÃ, alteza.
—Dicen que tienes una personalidad bastante… peculiar.
Mi-Rae mantuvo la cabeza inclinada.
—Solo digo lo que pienso.
—Eso puede ser peligroso cuando se habla con personas de mayor rango.
Mi-Rae levantó lentamente la mirada.
—Lo tendré en cuenta.
Yeon-Hwa sonrió.
—Especialmente cuando se habla con mi futuro esposo.
Mi-Rae comprendió inmediatamente.
—No tengo ninguna intención de faltarle el respeto al general.
—No estoy hablando de respeto.
La princesa se levantó.
—Estoy hablando de lÃmites.
Mi-Rae respiró profundamente.
—Con todo respeto, alteza, nunca he cruzado ningún lÃmite.
Yeon-Hwa se acercó.
—Eso lo decidiré yo.
En ese momento, las puertas del salón se abrieron.
Seo-Jin entró.
Su expresión cambió inmediatamente al ver a Mi-Rae allÃ.
—¿Qué hace ella aqu�
Yeon-Hwa respondió con tranquilidad.
—La invité.
Seo-Jin miró a Mi-Rae y después a la princesa.
—¿Para qué?
Yeon-Hwa sonrió.
—Para advertirle que deje de buscarte.
Seo-Jin quedó serio.
—Ella no me está buscando.
La princesa lo miró sorprendida.
—¿La estás defendiendo?
Seo-Jin dio un paso hacia adelante.
—Estoy diciendo la verdad.
Mi-Rae observó al general con preocupación.
—General, no es necesario.
—Sà lo es.
Yeon-Hwa sintió que la situación se le escapaba de las manos.
—Entonces dime, Seo-Jin. ¿Qué es ella para ti?
El salón quedó completamente en silencio.
Seo-Jin miró a Mi-Rae.
Ella bajó la mirada, nerviosa.
El general tardó unos segundos en responder.
—TodavÃa no lo sé.
Yeon-Hwa sonrió con frialdad.
—Entonces yo te ayudaré a descubrirlo.
La princesa giró hacia Mi-Rae.
—Puedes marcharte.
Mi-Rae hizo una reverencia y salió del salón.
Pero cuando cruzó las puertas del palacio, no sabÃa que la princesa ya habÃa comenzado su verdadero plan.
Un plan que no consistÃa simplemente en alejarla del general.
Yeon-Hwa querÃa destruir su reputación.
Y para hacerlo, estaba dispuesta a fabricar una acusación que nadie en la corte pudiera ignorar.
Esa misma noche, un sirviente recibió una orden secreta.
—Mañana quiero que encuentren una carta en la habitación de Mi-Rae.
—¿Qué debe decir?
La princesa lo miró directamente.
—Que ella le pidió al general que se encontraran a escondidas.
El sirviente comprendió.
—Y cuando todos lean la carta, creerán que ella intentó seducirlo.
Yeon-Hwa sonrió.
—Exactamente.
Mientras tanto, completamente ajena a la conspiración, Mi-Rae dormÃa tranquilamente en su pequeña casa.
Y Seo-Jin, desde el palacio, observaba una vieja pulsera que ella habÃa olvidado accidentalmente cuando estuvo junto al rÃo.
Por primera vez en muchos años, el general estaba empezando a comprender que aquella campesina habÃa conseguido entrar en un lugar de su corazón donde nadie habÃa logrado llegar.
Pero al amanecer, una acusación cambiarÃa completamente sus vidas.
Y Mi-Rae descubrirÃa que la princesa no querÃa simplemente separarla del general… querÃa convertirla en enemiga de todo el reino.
